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El vivía en el segundo piso, yo en el sexto. Un día iba yo en un tranvía totalmente vacío por la calle de la Princesa leyendo un libro suyo. Era uno de aquellos tranvias que tenían dos asientos corñdos bajo las ventanillas, uno frente al otro. Sucedió que en un momento dado subió Gabriel Miró en persona y se sentó delante de mí. Yo llevaba su libro en la mano, íbamos solos, los dos callados y él me miraba obsesivamente.

Así todo el trayecto. Era una situación angustiosa, yo estaba muy preocupado. Como es ló-lco, nos apeamos en la misma parada y nuestro camino también era el mismo hasta llegar a casa. Llegó a su piso y yo subí al mío. Un día nosotros supimos que lo iban a elegir para la Real Academia. Lo encontramos inuy alegre. Recuerdo que se puso a bailar de puntillas una jota chasqueando los dedos en el aire. Resulta que una orden religiosa, bueno, si, si, creo que fueron los jesuitas, se opuso a su ingreso en la Academia, alegando que había tratado mal las figuras de la Pasión.

Cuando murió yo estaba en Norteamérica. Era sólo un intelectual incubado con luz de flexo, pertenecía a esa cuerda de poetas y eruditos liberales que tienen las pestañas abrasadas por el estudio. En la inauguración del curso académico el rector de la Univer.

Y me limité a estimular -a los alumnos en el trabajo, les recordé su deber de estudiar mucho. No toqué para nada el aspecto político de la situación.

Pero resulta que antes se había puesto al aparato un ciudadano que presentó el acto diciendo: Se captó en Burgos y me abrieron una ficha. Franco creía que yo había sido un hombre muy activo contra el fascismo. Al terminar la guerra no pasé por dificultades vivas, pero tuve amenazas incubadas, denuncias anónimas.

En , cuando los académicos pensaron en mí para una silla en la comida de primeros de año, en seguida llegó el veto de Franco. Yo estaba ya elegido in pectore, pero cada vez que se planteaba mi caso, desde El Pardo me ponían la proa. Afortunadamente, no fue así. Y entré en la Academia en Habla con voz monocorde y apagada este anciano pulcro desde el fondo del butacón las rodillas juntas, el tronco ladeado, una mano desmayada y los ojos por encima de las gafas.

A veces se para, cuelga la mirada en el aire del recinto durante unos segundos y vuelve a arrancar. Observo a este ser tan medido dentro del traje gris oscuro, al empollón de la generación del 27, aquí sentado con la corbata gris perla y el calcetín un poco desprendido de la canilla tratando de no soltar nada que sea comprometido.

Dentro de ese ojo precavido que te analiza furtivamente cuando te descuidas se nota una reserva irónica de muchas cosas que sabe, que ha visto y se calla. Le gustaría hablar de fray Luis de León, de Garcilaso y de Góngora. Aquí, en el espacio sagrado de la biblioteca, un director de la Real Academia no puede contar lances canallas ni sórdidas anécdotas de sus amigos como un poeta maldito alimentado con bocadillos de mortadela.

Camina ligeramente escorado, pero con una obcecación rectilínea canturreando, entre dientes, obsesionado en apagar luces para que no se escapen los vatios. Hace tres meses me caí sobre las rodillas al bajar las escaleras del jardín; ando sin cojera, pero todavía me duele aquí.

En octubre voy a cumplir Fíjese si estaré viejo que lo hacen hasta las señoras de lo menos cincuenta años. Ya ve cómo estaré.

No, no; yo nunca he tenido coche, me ha faltado dinero para eso. Creo que ahora me lo podría permitir porque ya no gastamos nada. Ni siquiera compro libros, me mandan muchísimos y eso me produce una preocupación enorme. Le tuve gran admiración, pero luego sucedieron ciertas cosas. En fin, que aquel era un hombre muy raro. Primero te recibió bastante bien. A los poetas jóvenes los acogía con simpatía, pero cuando uno destacaba un poco y empezaba a tomar fama, en seguida lo apartaba de su amistad.

Llegó a Saravena antes que Paola y recorrió otras zonas fronterizas antes de decidir que este pueblo le resultaba mejor: No tiene hijos como Paola, pero le envía dinero a su madre. María llegó aquí sin mucha claridad sobre lo que tendría que hacer.

Me dolió mucho porque nunca había hecho eso". Que uno tenga que venir a acostarse con personas mayores, a veces vienen borrachos". Hay clientes que le quieren pagar menos de lo que cobra: Eso, de hecho, causó enojo entre las trabajadoras sexuales colombianas de Saravena, cuando todavía había muchas colombianas aquí.

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Al revés que Paola, María insiste en que quiere quedarse en Colombia. A su familia le dijo que trabaja de mesera. Estuvo tres días sin trabajar. Paola quiere regresar a Venezuela. Una celebración que hace vibrar a los venezolanos. Tres consejos de supervivencia de uno de los chilenos rescatados en Por qué en México matar tiene la impunidad garantizada.

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Era sólo un intelectual incubado con luz de flexo, pertenecía a esa cuerda de poetas y eruditos liberales que tienen las pestañas abrasadas por el estudio. En la inauguración del curso académico el rector de la Univer. Y me limité a estimular -a los alumnos en el trabajo, les recordé su deber de estudiar mucho. No toqué para nada el aspecto político de la situación. Pero resulta que antes se había puesto al aparato un ciudadano que presentó el acto diciendo: Se captó en Burgos y me abrieron una ficha.

Franco creía que yo había sido un hombre muy activo contra el fascismo. Al terminar la guerra no pasé por dificultades vivas, pero tuve amenazas incubadas, denuncias anónimas. En , cuando los académicos pensaron en mí para una silla en la comida de primeros de año, en seguida llegó el veto de Franco. Yo estaba ya elegido in pectore, pero cada vez que se planteaba mi caso, desde El Pardo me ponían la proa.

Afortunadamente, no fue así. Y entré en la Academia en Habla con voz monocorde y apagada este anciano pulcro desde el fondo del butacón las rodillas juntas, el tronco ladeado, una mano desmayada y los ojos por encima de las gafas.

A veces se para, cuelga la mirada en el aire del recinto durante unos segundos y vuelve a arrancar. Observo a este ser tan medido dentro del traje gris oscuro, al empollón de la generación del 27, aquí sentado con la corbata gris perla y el calcetín un poco desprendido de la canilla tratando de no soltar nada que sea comprometido.

Dentro de ese ojo precavido que te analiza furtivamente cuando te descuidas se nota una reserva irónica de muchas cosas que sabe, que ha visto y se calla.

Le gustaría hablar de fray Luis de León, de Garcilaso y de Góngora. Aquí, en el espacio sagrado de la biblioteca, un director de la Real Academia no puede contar lances canallas ni sórdidas anécdotas de sus amigos como un poeta maldito alimentado con bocadillos de mortadela. Camina ligeramente escorado, pero con una obcecación rectilínea canturreando, entre dientes, obsesionado en apagar luces para que no se escapen los vatios. Hace tres meses me caí sobre las rodillas al bajar las escaleras del jardín; ando sin cojera, pero todavía me duele aquí.

En octubre voy a cumplir Fíjese si estaré viejo que lo hacen hasta las señoras de lo menos cincuenta años. Ya ve cómo estaré. No, no; yo nunca he tenido coche, me ha faltado dinero para eso. Creo que ahora me lo podría permitir porque ya no gastamos nada. Ni siquiera compro libros, me mandan muchísimos y eso me produce una preocupación enorme.

Le tuve gran admiración, pero luego sucedieron ciertas cosas. En fin, que aquel era un hombre muy raro. Primero te recibió bastante bien.

A los poetas jóvenes los acogía con simpatía, pero cuando uno destacaba un poco y empezaba a tomar fama, en seguida lo apartaba de su amistad. Por ejemplo, decía que al ir a sentarse un día en casa de Antonio Machado se encontró con que había un huevo frito en la silla.

Y, en efecto era D'Ors. A mí me tomó una inquina terrible porque al publicar Gerardo Diego, en su antología, un soneto mío que llevaba como lema un verso dé Juan Ramón, este lema fue suprimido en la segunda edición por falta de espacio.

El solía escribir esos insultos en unas hojas que mandaba imprimir y luego enviaba por correo a los amigos e interesados. Es curioso que nunca se habla de aquellas octavillas mordaces de Juan Ramón Jiménez, pero debe de haber gente que las conozca. Tenía un orgullo literario fuera de toda medida. Jorge Guillén le pidió una vez su colaboración para la revista Cuatro Vientos con la promesa de que su firma iría la primera.

Juan Ramón mandó a Guillén un telegrama con estas palabras: